Siempre se puede regresar

El cincel golpeaba contra la piedra, el martillo era el dictador de esa relación que dejaba marcas indelebles.

El artesano trabajaba despacio, como si no quisiera terminar la lápida, hasta que una sombra se interpuso en su trabajo, él, un poco ofuscado, se volvió para ver quien era aquel que interrumpía su quehacer.

Lo observó en silencio, a él, al culpable, al mismo que era el dueño de la lápida. No el que la había encargado, si no al que iba dirigida.

Ninguno de los dos se sorprendió, ambos miraron su trabajo en proceso en silencio, el artesano levantó una sábana del suelo y la tapó, no hicieron falta palabras, ambos supieron que no era el momento de darlo por muerto aún.

El artesano sintió liberación, nunca le gustó hacer esos trabajos, sentía que era sepultar cosas que aún podían tener una vida, volver a la vida, o hacer una vida, simplemente se sentó en un añejo y pequeño banco de madera pintada de blanco que tenía en uno de los rincones de su taller, simplemente a esperar, a esperar nunca más tener que seguir ese trabajo, nunca más tener que dar por muerto nada que pueda solucionarse, y sobre todo, nunca más tener que volver a ver a ese hombre, porque eso se traduciría en que vivió una larga y feliz vida, y con suerte, sea él el que venga a despedirlo cuando el nombre del artesano este en la lápida.

En silencio, sentado y tranquilo, simplemente sonrió.

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