Había una vez un niño, solitario dentro de su hogar, sentado en la cocina, aburrido.
Su familia se había ido, el disfrutaba del silencio de su soledad, nunca lo ocultó, aunque tratara de disimularlo, estar solo le hacía bien, no tenía problemas con la gente, pero si se cansaba, su contacto social era más una cuestión necesaria a nivel cultural que intelectual ni física.
Era de noche, la blanca mesa de la cocina estaba solamente decorada por un bol con frutas, de las de verdad, no de plástico.
De un momento para otro, se cortó la luz en su cuadra, quizás en su barrio por lo que el podía suponer. Tranquilo, aprovechando el reflejo de la luz de luna, tomó las velas que tenían debajo de la bacha de la cocina y las encendió con el encendedor que tenían al lado de la cocina.
Una vez terminado el proceso, subió las escaleras de su casa, entró a su habitación y cerró la puerta detrás suyo, no se llevaba bien con las sombras, en ese momento tampoco con la oscuridad.
Sentado en la silla que tenía en su habitación, simplemente se dedicó a observar a su alrededor, sonreía, disfrutaba, la luz de la vela acosando a todo lo que tenía en su dormitorio.
El tiempo pasaba, mientras la electricidad no volvía, el simplemente comenzó a observar la llama, mientras la vela, minuto a minuto, se consumía.
Llegó el momento del final, la vela se acababa, el comenzaba a sentir el calor en sus manos, pero no quería apagarla, esa tenue luz era lo único que tenía en ese momento.
El reloj se consumía en forma de cera derramada, y el calor aumentaba, hasta que lo inevitable llegó, se empezó a quemar la mano, pero resistía, no quería perderla, perder la luz, la necesitaba, no entendía que pudiera perderla aunque entendía que nunca fue suya. Soportó la quemadura de los dedos todo lo que pudo, sabía que le iban a salir ampollas, sabía que se iba a arrepentir de esto después, pero no importaba. Nunca consideró la electricidad, no volvía y, quizás, ya consideraba que nunca volvería a esa altura.
Hasta que no soporto más y soltó la vela, la cual se apagó al golpear contra el piso.
Se asusto, entristeció, las sombras lo envolvieron. No sabía que hacer, no pensaba claramente en ese momento, el miedo y la tristeza eran sus principales actores, el solo se preocupaba por la vela que había perdido, no quería oscuridad, pensó que la vela iba a durar para siempre.
Ahora no queda otra, la vela no va a volver. Simplemente le queda acostumbrar a sus ojos a la oscuridad, con suerte la electricidad volverá, aunque no vuelva, no puede seguir lamentándose por algo que no va a volver, que no puede solucionar, simplemente tiene que aprender a dar el próximo paso, aunque ahora el miedo y la tristeza lo envuelvan, la luz va a volver, su familia va a volver, él tiene que volver.

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