El árbol echa raíces, una vez que lo hace ya no puede cambiar, mientras más tiempo pase, se va a ampliar más y más, nada ni nadie puede evitar eso.

Puede crecer torcido o derecho, y hasta cierto punto tiene solución, se puede arreglar el daño, se puede mejorar lo que se fue.

Pasan niños y adolescentes, realizándole marcas, recuerdos, señales de amor eterno que no lo son tanto, toda marca que le han hecho la tiene por muchísimo tiempo, quizás para siempre, y nada se puede hacer frente a eso.

Las estaciones le cambian las hojas de las ramas que año a año van creciendo y haciendo más frondoso al que fue una vez un pequeño árbol.

Siempre busca el sol, vive por el y para el, nada sería sin el, aunque vive con la certeza de verse diariamente.

El árbol creyó que siempre sería igual, mismas marcas, mismas ramas, mismas hojas.

A veces el árbol es terco, pero por suerte otras veces disfruta del error, equivocarse es aprender, equivocarse nunca es malo, y su error fue tan bueno como el sol, porque cambió, aún no entiende bien que, porque tiene que volver a florecer después de un invierno que pareció eterno, espera otras hojas, otras ramas, ya no sufre por las que se fueron, ya no sufre por las que no quieren volver, no tiene la certeza de que otras vendrán, pero tiene la ilusión, y la ilusión es suficiente para soñar con un futuro mejor, un futuro que lo volverá a ver frondoso, colorido, feliz.

Su única certeza es el sol, pero que linda es la ilusión de nuevas hojas.

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