“Me queres o no?” fue tu frase.
Yo, solo me di vuelta, te di la espalda y empece a caminar hacia la puerta. Vos ya sabías la respuesta que venia, pero igual estabas esperando que salga de mi boca para ponerle el punto final a esto.
Frene, respire profundo y emiti el veredicto:
“No” Seco y contundente, no hacía falta que sepas más.
Nunca entendí tu cara de sorpresa, es como que no habías querido darte cuenta que cuando cruce esa puerta, “nosotros” habremos acabado, y solo quedaríamos “vos” y “yo” separados por mucho más que unas comillas y un conector.
Aún asi, no lloraste, no esperaba que lo hicieras. Solo te enojaste, tal vez sea muy paranoico, pero hasta sentí como el odio llenaba la habitación. Tus ojos se pusieron rojos, pero no con la intención de derramar lágrimas, si no para liberar un poco de la furia que te generé al abandonarte. Solo agachaste la cabeza y segui mi huida.
Abri la puerta esbozando una sonrisa que nunca ibas a ver, aunque aún no lo comprendas, habia ganado.
Resignado, cerre la puerta, sono más fuerte que las otras veces, tal vez porque esta vez también se escucho el ruido del fin, tapando el de los pedazos de nuestros corazones golpeando contra el suelo.
Ahi volvi a los eslabones que había abandonado, a la seguridad de mi soledad, a la prisión de mi triste corazón, en la cual solo entraba uno.
Me odiaste, por mucho tiempo lo hiciste, hasta que el tiempo fue curando las heridas y te diste cuenta… que amar y odiar solo fueron parte del mismo juego, en donde cuando nos pasamos con uno, solo quedaba darte el segundo, para que me dejes morir en mi desdicha autogenerada, en mi soledad impuesta, como si yo estuviese buscando una razón para quejarme y sufrir, o tal vez una razón para no arrastrarte conmigo a un calabozo de donde solo yo podía salir.
La verdad es que siempre lo supe pero cuando vos te diste cuenta, ya era tarde. Esa puerta ya la habías cerrado hace mucho tiempo. Y yo también.

No comments yet
Feed de los comentarios de este artículo